2006/06/11

JUAN ORTIZ: LA FUNCION MORAL DEL SINDICATO

Juan Ortiz


Mataró, 14 julio 2006.

Prólogo


En los últimos tiempos hemos oído hablar de “economía moral”, de la “responsabilidad social de las empresas”. En ese tono me atrevo a hablar de la “función moral del sindicato”. El lector avezado sabe por experiencia propia que, con frecuencia, detrás de los títulos más o menos imaginativos o luminarios, no hay más que tautologías o faenas de aliño para justificar precisamente la ocurrencia del titular. Como no estoy seguro que a mi no me vaya a suceder eso mismo, advierto ahora del contenido o al menos del hilo conductor.

En la introducción expongo las motivaciones personales que me hacen establecer esa alianza entre sindicalismo y moralidad. Es un asunto biográfico estrictamente, que se puede leer o no separadamente. A continuación subrayo quizás una obviedad, entre la dimensión moral y la función moral, pues la primera entra dentro del ámbito del ser mientras que la segunda avanza hacia el deber ser, trasunto éste que nos retrotrae a la ética de los clásicos hasta los modernos utilitaristas, pasando por el totémico profesor Kant. Y lo digo así porque una frase de George Steiner expuesta en uno de los artículos hacia el homenajeado maestro Romagnoli me ha sacudido, no tanto por su evidencia, sino por lo que poco que se dice habitualmente en las discusiones identitarias: el ser humano tiene raíces (como el sindicalismo) pero olvidamos muchas veces que también tiene piernas. En tiempos de cambios e incertidumbres se da una ingente producción de literatura moral. No vamos a juzgar ahora su cualidad, pero como dicen algunos que interpretaba Platón el teorema de Pitágoras, al sindicalismo no le queda más remedio que ser “diametrós”, esto es, encontrar ese espacio entre los ideales y la realidad más correosa. Dicen que a eso Platón lo denominaba “elevación al cuadrado”, porque, según él, el Teorema de Pitágoras, como las matemáticas en general, era una guía para los hombres con grosor (con personalidad y capacidad reflexiva, y atentos a la acción).

A continuación hablo de la aportación del sindicato a la construcción moral de la sociedad. En este asunto proclamo que si el sindicato cae en el discurso de la impotencia y se manifiesta, en el peor de los casos, como apéndice del estatus quo, y renuncia a la conflictivización del desamparo, el sindicato hace dejación de las obligaciones que le son connaturales.

Finalmente, planteo que si el sindicato pretende construir un proyecto internacional, estructuralmente hablando, al menos europeo, deberíamos analizar el sindicato como empresa, sobre el tipo de habilidades y saberes que precisa un sindicalista, si ha de primar el voluntarismo o la profesionalidad, cómo y quién selecciona los cuadros sindicales, pues el sindicato es también ejemplo y modelo moralizador para con la sociedad que le rodea.


Introducción

Primero. El título de este artículo formaba parte de un proyecto que albergué hace más de una década, en calidad de profesor de filosofia, encargado de impartir la asignatura de ética en el Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), que era el itinerario de enseñanza postobligatoria anterior a la LOGSE (lo que en España se conoce comúnmente como la Reforma Educativa). La asignatura de Ética se impartía desde los 14 hasta los 17 años (de primero de BUP hasta tercero de BUP), como materia alternativa a la religión. Y ello era así, porque este tipo de dádivas a la Jerarquía eclesiástica forman parte de los lastres de la transición española respecto a lo que antaño llamábamos los poderes fácticos (El Ejército, la Iglesia y la Banca). A cambio de aceptar la constitución y la democracia, la Iglesia Católica pidió blindar “su” territorio en el negocio de la enseñanza, aduciendo como coartada la supuesta libertad de las familias a elegir el centro de enseñanza. Lo cual le permitió extender una tupida red de centros de enseñanza privada concertada poderosísima al amparo de las generosas subvenciones de los respectivos gobiernos. Sólo hemos de fijarnos que las fechas en que se firmó el Concordato entre España y el Vaticano y la fecha de aprobación de la constitución, son primas hermanas.

Por tanto, la aconfesionalidad del Estado nunca se ha llevado a término en España, al menos en el terreno educativo. En ese punto, como en otros tantos, la alianza feroz entre la derecha más templada hasta la más agreste y la Iglesia Católica ha resultado muy sólida: siempre mirando más a la cuenta de resultados que a la espiritualidad.

Sea como fuere en los institutos de Enseñanza Media nos encontrábamos que un alumno o alumna que estudiara religión no podía ir a clases de ética. Como si fueran materias excluyentes. Aberraciones de este tipo hacía que a muchos de los profesores nos aquejara una brisa de indignidad que también era asumida por los alumnos, de manera que esa materia era considerada una “maría”. En el programa oficial de tercero de BUP de esta supuesta asignatura, el centro de atención eran los derechos humanos, la declaración suscrita por la ONU en 1948 expresada en una treintena de artículos. Ni que decir tiene que los alumnos, este manifiesto tan solemne, se lo tomaban a retórica artificial, puesto que la mayoría de los preceptos no se cumplían así en los países pobres como en la mayoría de los países llamados desarrollados. Por mucho que el profesor insistiera que, al menos, los documentos firmados servían como acicate para su cumplimiento, apenas conseguíamos interesar al alumnado sobre su utilidad.

Así las cosas, aproveché mi cultura sindical, enraizada en Comisiones Obreras. Se me ocurrió que la reflexión ética debía partir de situaciones reales, de experiencias más próximas a la vida de los alumnos, a la de sus familias, o bien a las situaciones previsibles en su futuro laboral: un poco al estilo de lo que hiciera el profesor Beltrán en la editorial Alambra, ya desaparecida, “¿Qué sabes sobre los derechos humanos?”, en donde a cada artículo proponía una situación concreta y algunos dilemas que motivaran al debate. Ese proyecto no prosperó por la conjunción de varios factores, el principal de los cuales consistía en que mi militancia no era suficiente para hacer frente a la proposición de casuísticas variadas, ya que era necesario la colaboración decidida de sindicalistas de raza, que bastante trabajo tenían ya en un proceso de reconversiones tan acelerado como el que se dio en los años noventa. Yo me imaginaba plantear casos del estilo que se dan en convenios colectivos: ¿Ante la contraparte apostar con fuerza por aumentos salariales proporcionales o lineales?¿Qué tipo de valores se expresan en este tipo de planteamientos? ¿A quién beneficia ese tipo de praxis sindical? ¿Es conveniente, lícito o oportuno convocar huelgas de servicios públicos o en vacaciones cuando son los de tu misma clase los más perjudicados?Y así con otros casos: ¿Qué contraofertas se pueden plantear ante una amenaza de deslocalización, y la empresa propone establecer una doble escala salarial?. En fin, des de supuestos más dramáticos a más ordinarios. Pues bien, debiéramos pensar que el bagaje del sindicato puede y debe ser proyectado hacia la sociedad y la construcción moral de la misma; en fin, para hacernos y vivir como personas

Segundo. Esta reflexión en torno al sindicalismo y la moralidad se removió cuando colaboré indirectamente en el Trabajo de Investigación de una chica, Laura P., de segundo de Bachillerato, pues en ese curso los alumnos deben realizar un trabajo a lo largo de los meses de septiembre a febrero aproximadamente, cuya nota vale como una materia más del currículum. Esta alumna, que ahora estudia segundo de Económicas, centró su trabajo en cómo habían vivido la experiencia sindical y/o la militancia sindical dos generaciones: la que ahora está alrededor de la cincuentena y los jóvenes de veinte a treinta años. Los resultados fueron demoledores. En los veteranos, la palabra que resume su percepción es “añoranza”. Añoranza, quizás de la juventud pasada, pero también de las relaciones sociales de la empresa fordista. Me recordó, en parte, la magistral obra de E. P. Thompson: “La formación de la clase obrera en Inglaterra”. Es como escuchar aquello que tantas veces decía Manolo Vázquez Montalbán, “Contra Franco vivíamos mejor”. Ese tipo de reflexión y su correspondiente crítica la he leído en alguno de los artículos dedicados a Romagnoli. En el trabajo de José L. López Bulla y Miquel Falguera, “A Contracorriente”, de hace unos cuantos años, ya se hacían eco de este error del sindicalismo resistencialista y poco preparado para los retos del futuro. Y ahora mismo, Miguel Falguera ya nos advierte que en el Manifiesto del “Moro” (mote familiar) Marx, ya se indica que una clase revolucionaria como es la burguesía también revoluciona constantemente las relaciones de producción y, por ende, de las relaciones sociales. Marx ironiza de cómo los aristócratas desdeñosos denuncian las injusticias de los explotadores burgueses (Marx ironiza sobre este “socialismo feudal”).

Con estas que fui a visitar a mi “sindicalista de cabecera”, mi compañero y amigo Jaume Roig, coordinador de CC.OO para la comarca del Maresme. Le referí el contenido del trabajo de mi exalumna, y me confirmó esa sensación. Laura P. venía a decir que durante la transición, recién estrenada la democracia, había más solidaridad entre los trabajadores, que los sindicatos respondían. En cambio, ahora en las empresas había mucha competitividad, poca solidaridad, mucho individualismo. Y que los sindicatos apenas servían para algo más que salir de vez en cuando desde la distancia mediática para convocar alguna huelga. El contraste entre la generación joven, (que hace un uso utilitarista del sindicato cuando les conviene. Y cuando no, van a un abogado para que les “arregle” la indemnización cuando cierra la empresa puesto que “eso” el sindicato no lo acaba de hacer bien, y con los abogados se consigue “más”) y la generación más veterana (de desengaño, porque se habían recolocado ya varias veces, habían perdido aquel sentimiento de unidad de aquella empresa donde “crecieron” y “se hicieron adultos”; también de resentimiento porque los sindicatos “se habían olvidado de ellos” y estaban a merced de la precariedad laboral).

Jaume Roig me dijo más. Antes del boom de los cierres de empresas que empezaron a azotar Mataró a mediados de los años setenta en los sectores textil y metal de Mataró, no eran pocos los centros de trabajo que contaban con centenares de trabajadores y trabajadoras. En vísperas de alguna festividad importante, también había celebración entre los trabajadores. Los encargados también se sumaban a ello en una especie de pacto implícito que los empresarios aceptaban, y a veces, abonaban. En esos centros de trabajo se entraba de adolescente, se hacían amistades para toda la vida, se formaban parejas y se iban a bailar en “colla” los domingos. Los sindicatos también, participaban de ese humus sociológico y afectivo. Al descomponerse esa realidad también la vinculación con el sindicato se disolvió. Ese horizonte –digamos comunitario y vivencial- se evaporó. Cada cual debió valerse por sí mismo; la “amoralidad” se impuso.
¿Cuáles son las necesidades sentidas, aunque no manifestadas explícitamente que la gente asalariada demanda al sindicato, máxime cuando la generación de los jóvenes mejores preparados de nuestra historia sabe y vive la experiencia de un horizonte económico y social peor que la de sus padres?

Tercero. En Catalunya, el gobierno catalanista y de izquierdas ha conseguido, a pesar del viento huracanado y de las tormentas con aparato eléctrico, poner tímidamente el problema de la educación en la agenda. En Catalunya, el gobierno de la derecha, durante 23 años, ha hecho crecer como en ningún lugar de España, la red privada concertada. El sindicalismo confederal de CC.OO., a pesar de tener un subsector dedicado a defender los docentes de la enseñanza privada, siempre partía de la base que el objetivo último era la enseñanza pública, laica, etc… Y es loable que así sea, pero, claro está, muchos trabajadores de la enseñanza concertada privada nos veían a los de CC.OO como competidores más que como defensores de sus derechos laborales. Para estos trabajadores CC.OO era el sindicato de la enseñanza pública. Esto nos ha obligado mucho a reflexionar, porque en ese sector, precisamente el más desprotegido y más necesitado de un sindicalismo serio (el sindicalismo amarillo aquí es ampliamente mayoritario, sobre todo en la escuela religiosa). Acabar con esa doble red (mucho más competitiva porque apenas acoge alumnos inmigrantes, porque tiene más autonomía de gestión, porque recibe dinero a espuertas de la administración y de las familias gracias a sus fundaciones y aportaciones “voluntarias”, hacen de ese sector una reserva clasista), o pedir un armisticio. Esa era la cuestión. Así, el gobierno tripartito, ha apostado por una suerte de armisticio: desembolsar ese dinero que el gobierno de Felipe González no hizo en su día y que tantos disgustos nos ha deportado pues la Reforma Educativa nació anoréxica. Ahora bien, la red pública tiene que igualar los servicios de la red concertada; por ejemplo, ofrecer a los usuarios una hora más cada día, que equivale en cinco años, a un año más de formación.

La sexta hora ha provocado una discusión que pone de manifiesto las miserias del gremio y de determinadas posturas sindicales, así dentro como fuera de mi sindicato, sobre todo fuera. Para muchos relamidos, eso convierte a las escuelas en “más tiempo de aparcamiento” para los niños, cuando la familia se tendría que hacer cargo de ellos…. “Que ello redundaría en peor cualidad al sobrecargar a los maestros de primaria”, etc… Falsedades e inexactitudes, porque además la inversión en dineros y en nuevo profesorado es ingente para acometer tal medida. Pero el debate sindical se ha centrado en lo siguiente: Como se trata de una medida impopular entre la mayoría de los docentes, porque rompe rutinas (este gremio es rutinario en si mismo; lo cual no es malo en sí mismo, pero sí cuando se vuelve obsesivo); como se acercan las elecciones sindicales (se esperan para otoño), el sindicato progresista que firme este acuerdo se verá castigado en las urnas. ¿Qué hacer? ¿Despotricar contra la administración porque los recursos no estarán preparados para el inicio de curso? ¿Criticar a las familias porque se quieren deshacer de sus hijos una hora más? Pues bien, de todo se ha oído. Tenemos sindicalistas experimentadas, extraordinariamente voluntariosas, que han debido escuchar de todo en los centros cuando han ido a informar del acuerdo, sobre todo por parte de los maestros y maestras más veteranos, muchos de los cuales eran votantes del sindicato hasta ahora, pues ya han amenazado con darnos la espalda en las próximas elecciones. También el sindicato más afín a la responsable gubernamental ha optado por el discurso victimista y resistencialista, como ya es norma en él, desgraciadamente.

La discusión en el seno de nuestro sindicato fue la siguiente: ¿Vale la pena pagar el precio de dar apoyo a una medida que favorece a las familias pero que nos castigará, probablemente en las urnas? Con sus secuelas correspondientes: menos delegados, menos liberados para el sindicato… O bien “¿Vale la pena empeñarse en obtener el apoyo de este tipo de profesorado a cambio de traicionar nuestros principios confederales?”. Triunfó el no de esta última postura.

Esta vivencia personal, y también colectiva de mi gente, me lleva a otro ángulo de lo que podemos considerar moral. Los sindicatos son empresas, que como tales, buscan la expansión, ya sean financieras, ya sean ONGs. Los sindicatos pagan bien a sus trabajadores. ¿Qué debe prevalecer, el interés de la empresa o el interés de los usuarios, de la sociedad: en este caso de las familias? Sin tratar de optar por el sindicalismo de los puros, muchas veces estéril y marginal, no sería necesario ir de consuno con otros sectores sociales? ¿Cómo conjugar el acceso a la diversidad, la mirada y el tratamiento de la desigualdad laboral bajo el mismo paraguas sindical que debe tener un sindicalismo moderno, con los orígenes de solidaridad global comunitaria, sea estatal o internacional, más allá de la retórica y rituales convencionales?


Dimensión Moral y Función Moral

Para no marearnos en distinciones demasiado académicas, se suele distinguir entre teoría (el pensamiento, la reflexión, etc..) y la práctica o conducta. A eso nos referimos cuando hablamos de moral: dicho así resulta un tanto grosero. Quiero decir con ello que la moral está relacionada con la intencionalidad de las acciones, de los objetivos a corto, medio o largo plazo. Hay un finalidad consciente de por medio.

El optimista Aristóteles ya señalaba que el término ETHOS contenía una doble significación: las dotes con las que nacemos, pero también la rutina y la ejercitación, que es la que fortalece el carácter de las personas. Ante un obstáculo debemos contar con la capacidad, pero también con el hábito o entrenamiento para hacerle frente.

Es obvio que todos los agentes sociales tienen una dimensión moral, persiguen objetivos. Pero cuando me refiero a la función moral estoy considerando el sentido que Aristóteles daba al ethos (para con la comunidad, sus leyes, sus tradiciones, sus reglas, sus normas: mores, en latín). No es lo mismo hablar del “sindicato del crimen”, con sus valores y sus normas (pero no para con la comunidad). No es lo mismo un sindicato “radicalmente corporativo”, eufemismo de lo que antes llamábamos “amarillo”, que ahora viene incorporado en las franquicias de las empresas de servicios, sea del ramo de la administración, de la banca, o de la enseñanza… No es lo mismo hablar del SEPLA, sindicato de pilotos de IBERIA, auténtico lobby empresarial. No estamos barajando con nada de eso. Es obvio, pues, que no me refiero a lo antedicho cuando me refiero al “sindicato”

Cuando hablo de la “función moral del sindicato”, quiero creer que el sindicato tiene obligaciones para con la sociedad, mayoritariamente compuesta por gentes que dependen de otros para su sustento.

La aportación del sindicato a la construcción moral de la sociedad

Ante la ola de pesimismo que a veces nos invade, después del desmoronamiento de las tutelas que acompañaban la empresa fordista, yo me pregunto: ¿Cómo es posible que a un joven de veinticuatro años, submarinista del puerto de Mataró, le de por afiliarse a CC.OO, por ejemplo? ¿Y a un monitor de esquí de Baqueira Beret? ¿Cómo es posible que la sección sindical más importante del primer sindicato español sea la de la Caixa, empresa financiera con unos sueldos considerados muy elevados? Probablemente detrás de cada caso hay una motivación distinta, pero también cabe decir que tienen algo en común: unas siglas, con una tradición reivindicativa, una especificidad en el tratamiento del conflicto, el prestigio acumulado, o bien una proyección ideológica determinada. …Eppuore si muove. … Las personas continúan afiliándose a un sindicato confederal.

Estaríamos engañándonos si continuáramos por esa senda: ¿Por qué otras gentes no se arriman al sindicato? Buena pregunta es. Y sin embargo estas gentes critican al sindicato porque éste no se acuerda de ellas cuando lo han necesitado, o ni siquiera se han planteado demandar sus servicios. El sindicato, pues, debe estar atento para averiguar cuáles son las necesidades sentidas aunque no formuladas, precisamente por los más desprotegidos y que tienen una menor cultura de la autoorganización. Por tanto, el sindicato debe tener ese ideal regulativo (como diría el portentoso Kant) para trazar con su código genético, en la medida de sus posibilidades, ese rumbo que debe caracterizarse por la ternura, la piedad y la repulsa del desamparo. Son términos enquistados en la literatura religiosa o teológica, pero también la moralidad debe beber de la trascendencia laica, de fraternidad universal, a pesar de que en el horitzonte no se oteen recompensas a la vista. Si el sindicato se manifiesta como apéndice del estatus quo, admitiendo, aunque sea mirando para otra parte, la presencia de desigualdades estructurales; cuando caiga en el discurso de la impotencia, síntoma de la incompetencia, y renuncie a la conflictivización del desamparo, el sindicato hace dejación de las obligaciones que le son connaturales. Atención, pues a los que no tienen voz en el sentido de Albert O. Hirschmann, pues son éstos los que otorgan la autoridad moral que pretendemos que tenga el sindicato. Ese análisis del desamparo puede iniciarse incluso mucho antes de la vida laboral del individuo. José María Fidalgo, por ejemplo, ha denunciado con una rotundidad pocas veces esgrimidas ante el talantudo Zapatero, que no se puede admitir renunciar a unos ingresos fiscales si queremos impulsar una reforma de la Formación Profesional Reglada, pues eso equivale a continuar la política del PP en detrimento de las capas que necesitan de más formación para ser competitivas. ¿Cómo puede funcionar el “ascensor social”, como se dice ahora a la francesa, si no se invierte en formación profesional y se la considera de segunda categoría frente al bachillerato? ¿Quién debe planificar los estudios para llegar a empleos después de baja calidad, muy vulnerables a las oleadas migratorias del exterior?

El sindicato debe concretar esos principios generales mediante la implicación, su acción sindical, mediante la intervención, si cabe, de sus delegados, en todos los niveles: estatales, regiones y municipales, sobre todo municipales.

El entrañable Marcelino no cesaba de repetir el estribillo aquél de “Que la democracia entre también en las empresas”. Ahora habría que decir que la democracia (la gestión organizada del conflicto, en este caso) llegue también a los “arrabales laborales” donde la empresa ha desaparecido tal cual era. (Dicho sea de paso, me parece de una clarividencia extraordinaria la descripción de Romagnoli, según la cual, la empresa es propiamente el “reino de la desigualdad”).Es ahí donde el sindicato es más necesario que nunca.

A eso me refiero al hablar de la piedad y hacer frente al desamparo. Incluso a la ternura de aquellos que ni siquiera saben quejarse, cuando esta no es vista como una gracia divina, sino como el ADN de nuestra especie, respetando las observaciones, claro está, de Edgar Morin, sobre la contradicción de nuestra condición humana. Pienso que aquí el sindicato tiene un largo recorrido, y también muchos obstáculos, puesto que en su seno acoge asalariados de muy diverso origen, rango e intereses. Hete aquí la labor pedagógica y moral implícita del sindicalismo.

Superadas ya (o abandonados ya por) las teleologías de la historia, sean laicas o religiosas que nos prometían al final, cual himno de la Alegria de Beethoven, después del sufrimiento como necesario partero de la historia, un happy end, de disolución de los antagonismos, etc…, parece que la ética consecuencialista rampante de matriz benthamiana de vuelo corto, nos hace ver, pues eso: que el crecimiento económico es necesario para repartir, que los costos, que si la competitividad, que si la sobreprotección de los que ya tienen demasiada y encima sindicalizados, una minoría, etc… Curiosamente, interpretan los juicios estéticos de don Federico “Bigotes” Nietzsche, para hacerse con una parcela de neodarwinismo, que tan cara le es a las élites económicas. Es improbable que se hayan leído al respetable John Kennett Galbraith cuando afirmaba que el peligro para las empresas no derivaba de los comunistas, sino de la codicia de los ejecutivos y sus consejeros delegados. Casos últimamente no faltan. Con una épica digna de ser remedada por el genial Gila, nos sitúan a todos en un campo de batalla en donde siquiera nos es dado el derecho para enterrar a nuestros muertos. Digo yo que podían acogerse también a las teorías consecuencialistas más elaboradas y críticas como las de John Stuart Mill, donde se habla, fíjense por donde, del derecho a la felicidad del género humano, muy en la línea del imperativo categórico de Kant, donde la libertad, la igualdad y la educación forman un triángulo sólido para la mejora de la sociedad. Y en un horizonte no tan solo comunitario, sino también universalista (como dice Mill, “la utilidad de la regla”).


El sindicato como empresa

El sindicato es un instrumento a la par que una manera de vivir el conflicto para superar o mitigar la desigualdad. El sindicato es una empresa con hombres y mujeres, cuya validez y saberes se han de poner al servicio de los trabajadores. La pregunta es incómoda: ¿Qué tipo de habilidades necesita un/a sindicalista? ¿Voluntarismo o profesionalidad? ¿Quién y cómo se seleccionan los cuadros sindicales? ¿Requieren estos de un plus de moralidad respecto de los afiliados o simples cotizantes?

Si queremos construir un sindicalismo con estructuras internacionales, al menos europeas, todo ello nos debe preocupar. Los y las sindicalistas son hijos de su sociedad pero también son la proyección, ejemplo y modelo de valores para con la comunidad. No debemos hacernos los estrechos pero tampoco debemos obviar los casos de burocratismo o de utilitarismo ramplón de un supuesto mal denominado sindicalismo de gestión.. En un principio vivimos la necesidad de que la persona más fiel y entregada, debía ser la que trabajara para el sindicato. Posteriormente, buscamos la eficacia y la preparación. Cosa lógica y de sentido común. Vivimos las vacas flacas y las regulaciones internas de plantilla internas y de nuevo volvemos a la curva creciente en la afiliación. Sin embargo, para un sindicalista liberado sin empresa, cuyo cargo depende de la confianza de sus compañeros cada cuatro años, a veces se podría dar el caso, y me consta que cada vez se da más, que no se vea en el sindicato un instrumento para colmar ideales sino para asegurar la estabilidad en el trabajo, pues humanos somos todos, también los sindicalistas, que deben temer, supongo, el riesgo de quedarse en el paro después de un determinado congreso o culminado un mandato establecido.

Supongo que estos “asuntos domésticos” ahora “no toca” planteárnoslo, como decía Pujol, el expresident de la Generalitat, pero resulta que este tipo de asuntos nunca “toca” discutirlos en público. Como la visita al ginecólogo, debe tratarse con un sedoso silencio. Creo que es un error esa actitud, y sí tiene que ver, en cambio, con los problemas más acuciantes que tiene el sindicalismo, aunque sean de otra dimensión. No acabo de superar lo que acaeció con personajes como el ex secretario general de Comisiones Obreras, Antonio Gutiérrez. ¿Cómo se puede una institución deshacerse de patrimonios como el del caso citado: de pasar de ser la máxima representación a no ser nada en la organización. ¿En qué cabeza cabe tal dislate?. Yo lo viví como una humillación. Se me dirá que si los estatutos y la duración de los cargos, etc…,

El sindicato debe preocuparse por proveerse de las mejores personas disponibles, o intentarlo, bien pagadas, pero también debe de tener sus “bio-tecas” (Hago alusión a la novela del cubanísimo Leonardo Padura: “Las neblinas del ayer”). No podemos prescindir de los saberes y memoria de sabios del sindicato. Es una tarea que merece ser planteada con atención.

Que el sindicalismo llega a ser una profesión, y necesaria, no es ningún secreto. El problema no es ése, sino los amaneramientos que se producen; la conversión de los dirigentes en caciques, con sus guardias pretorianas, que a veces confunden mayorías y minorías con intereses materiales y clientelismos bien concretos.

Si la internacionalización de los procesos productivos nos debe hacer pensar en estructuras sindicales también internacionales, y eso nos lleva a plantear la necesidad de superar -sin borrarlos del mapa- los comités de empresa, es necesario entonces poner el acento en cómo las estructuras sindicales se consolidan, se estabilizan, se hacen participativas, transparentes y con códigos éticos precisos. No podemos dejar que los sindicatos confederales se conviertan en cuerpos endogámicos y blindados como las de algunos partidos políticos, funcionarios al servicio del líder más que de la sociedad. La responsabilidad moral de la empresa-sindicato, también discurre por esos cauces. Ése es una cuestión espinosa, que aqueja sobre todo a los partidos de la izquierda: los parlamentarios o concejales que se dedican a la función pública, apenas tienen tiempo para la formación permanente y el reciclaje. Y no todo el mundo tiene “la suerte” de ser funcionario y tener la plaza reservada. Al igual que se demanda para la mejora de los docentes, debemos pensar que en el sindicato también debemos pensar en la formación inicial de sus trabajadores, en la formación permanente y en su evaluación continua con criterios objetivables. Esto último es muy peliagudo y resbaladizo, aunque yo creo que es necesario

Y ello debe ir aparejado de la lucha por el prestigio social del sindicalista. Recuerdo la denuncia del entonces secretario general Achille Occhetto denunciando a la FIAT italiana porque se discriminaba del ascenso a un cuadro del PCI. En alguna entidad bancaria ya se han dado pasos para que el sindicalista sea equiparado a una suerte de especialista, necesario para la empresa (siempre y cuando no suponga domesticación). Esa autoritas es condición sine qua non para poder abordar las modificaciones y muda de piel que se requiere para un sindicalismo propositivo y no victimista.

Las organizaciones sociales importantes son producto del esfuerzo de muchos hombres y mujeres, muertos y vivos, jóvenes y veteranos, de capacidad y estatus social diverso. Ese mismo carácter les confiere una velocidad de crucero pasmosamente parsimoniosa, pero quizás sólo así, podamos ir todos en el mismo tren. Pero al igual que en aquella cola del cine interminable no nos desesperamos puesto que sabíamos que pronto llegaríamos a entrar al patio de butacas, también los responsables del sindicato, la cúpula dirigente, debe de mantener y señalar con su aliento los cambios que se avecinan. Así en el plano interno como el externo. Hemos mejorado mucho; contamos con herramientas infinitamente más útiles que antaño: teléfonos móviles, ordenadores, gestiones on line. Infinidad de ventajas que tan sólo hace 6 o 7 años nos parecían propias sólo de la contraparte empresarial.


Sin embargo, sea para bien o para mal, consideramos que determinados instrumentos que forman parte de las instituciones públicas, por ejemplo, recursos mediático, las oficinas de empleo, los planes educativos, etc. no son parte de nuestra labor. Quizás deberíamos replantearnos más ambición en la gestión y fiscalización de esos recursos, de forma más directa. Ese es también “nuestro mercado”, donde debemos proyectar nuestros valores y la participación activa de nuestros delegados y delegadas.

El sindicato no puede estar temiendo día sí y día también si ese tipo de actitudes colisiona o no con el ámbito de actuación “propio?” de los amigos de los partidos de izquierda. Nos hemos ganado merecidamente una autonomía que ahora no debemos dejar baldía en ejes tan importantes para la ciudadanía como los antes mencionados. Ello forma parte de su autoridad moral a la que debemos aspirar, también como empresa.

Epílogo. El balneario europeo y el peligro amarillo.

Cuando hablamos de moralidad lo hacemos, sin duda, partiendo de unos ejes culturales y civilizatorios determinados: parten de la Grecia clásica y se extienden a la Europa contemporánea. Cuando hablamos de libertad, de felicidad, de igualdad, lo hacemos con cánones espacio-temporales eurocéntricos. Cuando hablamos de que el sindicalismo debe aspirar a ganar los máximos espacios de ciudadanía en libertad, sin estar vinculados a la relación laboral obligatoria; cuando hablamos, en fin, del cultivo del máximo de nuestras potencialidades, etc, estamos barajando términos eurocéntricos. No quiero decir con ello que los africanos, los asiáticos, etc., no deseen la libertad, la democracia, como sugieren subrepticiamente algunos cínicos amparándose en el relativismo cultural, no. Los antropólogos nos hablan de determinados significados distintos al nuestro sobre el individuo que tienen en países no desarrollados, con una tradición sobre el espacio convivencial y laboral, sobre la concepción misma del tiempo, sea individual o compartido (Las observaciones al efecto de Riszard Kapuscinsky son riquísimas); su sentido de comunitarismo más acentuado, su concepción en torno a la felicidad, a la libertad, etc…

Si queremos exportar el modelo europeo, o al menos defender este supuesto “balneario” o capitalismo de rostro humano ante las avalanchas agresivas del neoliberalismo “anglosajón”; si pretendemos afrontar los retos de la inmigración y ser referentes morales, debemos plantearnos el sentido de libertad, de individuo, de felicidad, de trascendencia. El laicismo también viaja por ahí. Si queremos, en fin, hacer planteamientos propositivos en cuanto a la flexibilidad en todas sus vertientes, hemos de abordar el hecho cultural diverso de los que con-viviremos en Europa.

Es singularmente significativa nuestra percepción. Por ejemplo, vemos a los inmigrantes subsaharianos como explotados y a los trabajadores chinos masificados en pequeños habitáculos, como invasores, guerreros del capitalismo salvaje que quieren conquistar nuestro territorio a base de bajos salarios, inacabables horarios y condiciones sórdidas, en un mundo hermético. Si el sindicalismo europeo ha podido renunciar a la revolución, mirando hacia otra parte sobre las injusticias y estropicios que las clases dirigentes europeas han provocado alrededor del mundo; ahora que la explotación ha venido aquí, mediante guetos que practican el dumping salarial, hemos de aplicarnos en conjugar la libertad y la tradición cultural diversa si no queremos caer, por acción u omisión, en un populismo xenófobo.



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